7 días ya, whoa. Recurdo mi despedida en el aeropuerto como si hubiese sucedido la semana pasada... nos hacemos mayores, oigan. Psche, hace nada hállome yo en mi camita española bien montada, tó bonica, y ahora tengo que sobrevivir en un colchón sobre tablas de madera (¡del Ikea! QUE ME EXPLIQUEN COMO COJONES VENDEN TABLAS DE MADERA SEPARADAS Y LES LLAMAN CAMA).
Aquí cada día llovizna, pero el cielo suele dar respiros a lo largo de la tarde. Aprovechamos para ir a buscar el abono de la bici y dar un paseo con Stephanie, sin suerte en lo primero (sólo les falta pedir análisis de sangre, cagon la burocracia) y con una puñalada en la espalda en los egundo (porque nos paramos a tomar algo y me cobraron 5 leuros por un milkshake de vainilla. Ugh...).
La noche debía consistir en reunión rápida en nuestro piso para ir a la competición de beer pong, pero las mozas tardaron tanto que al final pasamos casi toda la noche aquí para luego tomar una cerveza por ahí. Meh, vale la pena esperar a que las belgas salieran de la uni, y las nuevas alemanas se demoraron porque hubo un asesinato o algo en su apartamento y no podían entrar. No vengáis a Burdeos. Aquí matan a gente.
En fin, todo bastante bien, aunque me preocupa que los alemanes sean más fríos que el culo de un pingüino. Les pregunté y me dijeron que les cuesta coger confianza... igual es que a los españoles nos sobra. Could be.
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