sábado, 26 de enero de 2013

Day 1: lo que el frío se llevó

Muy majo, el señor Burdeos. Hace buena cara, tiene el señorío de quien tuvo y retuvo. Farda de saber llevar la antigüedad, como quién suma años y, a su vez, también amores. A fe que por cada edificio de intrincados dibujos alrededor de los ventanales existe alguien que alguna vez estuvo aquí y sueña con volver. Y si no, que se lo pregunten a los cientos de chinos, y no chinos, que deambulan por los bulevares de adoquín que por aquí abundan.
Desgraciadamente, si bien cabía esperarlo, el señor Burdeos tiene una pequeña sorpresa de bienvenida para todo aquél que confío demasiado en un desconocido. Vamos, que hace un frío de cojones. De ése que se te cuela por los poros de la piel y que convierte tus huesos en estalactitas. O estalagmitas, que nunca supe cuál es cuál.
En fin, depués de darnos el gustazo de cargar con las maletas de 23 kilos por el centro de Burdeos, nos plantamos en nuestro piso. Un tercero. Sin ascensor. Con escalera de caracol. Con dos maletas y el portátil. Su puta madre. Es que no me jodas, luego somos los catalanes los agarraos: ¿qué les costaba instalar un montacargas siquiera? Y ya con la puerta te mueres. Abrimos y se cae el pomo. Dafuq?
Cerramos como podemos y vemos que las antiguas inquilinas nos habían dejado una nota deseándonos un buen ERASMUS y que les cuidemos el nidito de alcohol. Bien, vale, pero porque son ellas y fueron majas, ¿eh? Edu ya me ha prometido que beberá por los dos para honrar su memoria. Puro detallismo.
Por la noche se vinieron unos cuantos a remojar el gaznate y, así, tener excusa para hacer el ridículo con drinking games que mi inocente mente no alcanzaba a entender. Los ERASMUS son fauna extraña que vive al día y que no se pregunta dónde está, sino qué le apetece hacer. Good to know, aunque mis dotes camaleónicas creo que no darán para tanto. En fin, paciencia.

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